El cuerpo femenino escribe: carne, lenguaje y resistencia
Por: Mónica Andrea López
Elevar la voz es un acto político
en una cultura que por siglos ha minimizado y enajenado el cuerpo femenino,
confinándolo a ser objeto de vigilancia, control y deseo ajeno. Hablar de
escritura, entonces, implica necesariamente hablar de encarnación, de situarse
desde una historicidad corporal que ha sido sistemáticamente negada. Cuando el
acto de escribir emerge desde la experiencia vivida del cuerpo, se transforma
en una acción subversiva, en un acto de afirmación de sí y en un gesto de
memoria colectiva.
Como bien escribió Maurice
Merleau-Ponty: “Mi cuerpo no es un objeto entre otros, es mi punto cero del
mundo, el lugar desde donde todo parte.” Desde la fenomenología, el cuerpo no
es una simple presencia física, sino la conciencia misma encarnada. Escribir,
por tanto, no es solo trazar signos: es volcar en el lenguaje la carne, los
órganos, las emociones y las cicatrices. Y cuando ese cuerpo ha sido
históricamente silenciado, escribir se vuelve un acto de resistencia, de
reapropiación simbólica.
Silvia Federici lo advierte con
precisión: “El cuerpo de las mujeres ha sido el campo de batalla donde se
libran las guerras simbólicas del poder.” El cuerpo femenino ha sido
intervenido no sólo físicamente, sino también simbólicamente: ha sido nombrado desde
afuera, narrado por otros, patologizado, erotizado, moralizado. Escribir desde
ese cuerpo es una forma de descolonizar el lenguaje, de generar un saber
propio, situado, encarnado. Una forma de disputar el sentido.
En ese gesto, el acto de escribir
se convierte en una práctica radical de autoobservación y creación: una forma
de reinventarse, de apropiarse ontológicamente de una misma, de la voz, del
cuerpo, de la historia y de la identidad fragmentada. Es una manera de decir:
“estoy aquí, con mi carne, con mi palabra, con mi memoria”. Como propone Hélène
Cixous: “Escribir es volver al cuerpo”, liberar esa voz exiliada por siglos,
denunciar un lugar en el mundo no como objeto de discurso, sino como
sujeto que se nombra, se encarna y se transforma.
La consigna feminista lo dice con
claridad: “Lo personal es político”, en palabras de Carol Hanisch. No
escribimos desde la abstracción, sino desde lo vivido: el cansancio de las
madres, el miedo en la calle, las violencias domésticas, el deseo censurado, la
sangre ignorada, las voces silenciadas. Escribimos también desde el encierro de
cuerpos femeninos en la Salpêtrière del siglo XIX, donde la histeria se volvió
un diagnóstico para silenciar toda desobediencia femenina. En ese gesto
escritural hay una postura profundamente filosófica: afirmar que todo
conocimiento válido debe partir del cuerpo que lo enuncia.
Como dice de nuevo Cixous: “La
palabra es un cuerpo también, y escribir es encarnarse.” Por eso el lenguaje
que nace desde el cuerpo femenino no busca ornamentos, busca justicia.
Escribir, entonces, no es un privilegio estético, sino un acto de justicia epistemológica.
Porque nombrarnos con nuestras propias palabras es empezar a existir fuera del
marco que nos aprisiona.
Julia Kristeva lo define con
lucidez: “La escritura femenina es una escritura del cuerpo, una escritura de
lo otro, una fuerza disruptiva.” Es un lenguaje que desborda las lógicas
patriarcales, que no se acomoda, que no se domestica. Hoy, más que nunca, necesitamos
voces que escriban desde esa fisura entre lo íntimo y lo estructural. Voces que
comprendan que la herida no es solo individual, sino social. Que la palabra
puede ser puente entre el trauma y la acción política.
Escribir desde lo femenino no es
solo resistir: es desgarrar el lenguaje que nos negó, es recuperar la carne
como lugar de saber, es incendiar los márgenes donde nos exiliaron. Porque cada
palabra escrita con el cuerpo es una grieta en el orden patriarcal, una
afirmación radical de que nuestras vivencias no son anecdóticas, sino
conocimiento encarnado, verdad política, fuerza transformadora. Es escribir con
otras lógicas, con otros aromas, desde la subjetividad orgánica del cuerpo
femenino que se pronuncia desde sí mismo, desde su memoria, desde su
inconsciente simbólico. Porque escribir, para nosotras, es volver a existir.


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