Volver a sentir: una rebelión contra la productividad vacía
Volver a sentir: una rebelión contra la productividad vacía
Por: Mónica Andrea López
En tiempos donde la productividad se ha
vuelto la medida de nuestro valor, pareciera que sentir es una amenaza. Nos
enseñaron a funcionar antes que a escucharnos, a rendir antes que a habitar, a
alcanzar antes que a preguntar. Así, la autoexigencia se convierte en una forma
silenciosa de violencia interna: nos empuja sin descanso, aunque estemos
agotados; nos exige resultados, aunque el alma pida pausa.
Sentir, en esta cultura de rendimiento,
se percibe como un lujo improductivo, una debilidad incómoda o incluso como un
obstáculo. El llanto interrumpe la agenda. La tristeza no cabe en el Excel. El
miedo no tiene casilla en los informes de gestión. Y la ternura… la ternura se
reserva para espacios íntimos, nunca para el escenario profesional. Así,
aprendemos a endurecernos, a ponernos armaduras emocionales que nos alejan de
nosotros mismos. Sentir se convierte, entonces, en un acto subversivo.
Vivimos en una cultura que, como afirma
Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, transforma al sujeto en su propio
explotador. Ya no hay un otro que impone, sino un yo que se exige sin tregua.
Bajo la apariencia de libertad y superación, muchas veces lo que cultivamos es
una cárcel de exigencias internas: “Sé mejor, haz más, no te detengas”.
Pero ¿qué pasaría si nos permitiéramos
regresar a la vulnerabilidad como un acto político y espiritual? Brené Brown,
investigadora de la Universidad de Houston, sostiene que la vulnerabilidad no
es debilidad, sino el coraje de mostrarnos tal como somos, con nuestras
grietas, emociones y límites. Regresar al sentir no es retroceder, es
rescatarnos.
La psicóloga y poeta Clarissa Pinkola
Estés escribe que “para recuperar el alma, necesitamos recuperar nuestras
lágrimas”. En ese gesto —tan humano como radical— se esconde una resistencia:
la de permitirnos sentir en una época que nos exige insensibilidad para
sobrevivir.
Zygmunt Bauman, en su análisis sobre el
amor en tiempos líquidos, advierte que “las relaciones se han vuelto frágiles
porque vivimos con el miedo a vincularnos de verdad, y ese miedo nace del
terror a sufrir”. En sociedades donde todo fluye sin compromiso, el sentir
profundo se percibe como un riesgo. Por eso, muchas veces preferimos adormecer
lo que duele antes que detenernos a sentirlo. Pero esa desconexión, a largo
plazo, también nos exilia de nuestra humanidad.
El acontecimiento del sentir —ese
instante en que algo nos toca profundamente— puede ser la puerta hacia la
sanación. En lugar de huir del cansancio, el miedo o la tristeza, podríamos
aprender a habitarlos con ternura, como quien se sienta junto a un viejo amigo.
Solo ahí, en la autenticidad emocional, comenzamos a liberarnos de las
exigencias impuestas y a recordar que somos más que resultados: somos procesos,
instantes, sensibilidad.
Volver a sentir, en una cultura que
corre, que exige y que evita el silencio por temor a lo que pueda revelar, es
un acto de resistencia íntima. Es rebelarse con suavidad, volver al pulso de lo
humano. Como diría Silvio Rodríguez: “Lo más terrible se aprende enseguida y lo
hermoso nos cuesta la vida”. En este mundo que acelera lo urgente, lo terrible
se automatiza, pero lo sensible —lo realmente humano— necesita presencia, pausa
y coraje.
Y como cantaba Mercedes Sosa: “Solo le
pido a Dios que el dolor no me sea indiferente”.
Quizás eso sea todo: no volvernos
indiferentes.
Volver al cuerpo, al temblor, a la
herida, al perfume del mundo.
Volver a llorar sin vergüenza.
Volver a tocarnos el alma en medio del
caos.
Volver a decir “me duele”, “me importa”,
“te necesito”.
Amar, en este contexto, es profundamente
político. No desde la idealización, sino desde el compromiso con la ternura
como acto de resistencia. Porque en un mundo que celebra la velocidad,
detenerse a sentir es una forma de revolución dulce. Es un manifiesto íntimo
contra el sistema que nos quiere productivos, pero no presentes; exitosos, pero
no vivos.
Y quizá, como en las canciones, solo
quien se atreve a sentir, a quedarse cuando todo tiembla, a mirar al otro con
compasión y no con juicio, está verdaderamente vivo y verdaderamente libre.


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