Corporeidades insurgentes: escribir el cuerpo desde el sur

Por: Mónica Andrea López



En primer lugar, hablar de corporeidades insurgentes es reconocer que no todos los cuerpos han sido nombrados del mismo modo ni han habitado los mismos derechos. Mientras algunos cuerpos fueron legitimados como portadores de razón, ciencia y poder, otros especialmente en América Latina fueron silenciados, explotados y disciplinados. Desde una mirada decolonial, estas corporeidades surgen como formas de vida que se rebelan contra los discursos que intentaron reducir el cuerpo a objeto, a instrumento, a ausencia. Son cuerpos que se piensan, que se narran, que resisten.

 

Así, el término “corporeidad insurgente” es una metáfora viva que late, se hace, se recorre se transforma, se acuerpa y se visibiliza como una categoría política que nombra a los cuerpos que han sido históricamente negados y que, sin embargo, insisten en su derecho a existir con dignidad. Tal como lo sostiene Catherine Walsh, “la decolonialidad es una praxis encarnada, una insurgencia que emerge desde la corporalidad subalterna”. En este sentido, escribir el cuerpo desde el sur implica desafiar las estructuras coloniales del saber, reconociendo que el cuerpo no solo siente, sino también sabe, crea y reconfigura.

 

Además, estas corporeidades insurgentes no buscan integrarse a la norma, sino que se posicionan como actos de resistencia cotidiana, que encuentran un lugar desde su experiencia   corpórea, desde una poiesis del cuerpo donde surge un desocultamiento del ser. Es así como se nombra lo innombrable, se consolida radicalmente un tejido de territorios que se entrelazan desde lo afectivo, lo ancestral y lo político. El cuerpo como nos recuerda Maurice Merleau-Ponty no es un objeto que poseemos, sino la condición misma de nuestra existencia en el mundo. Desde esta perspectiva, ser cuerpo es ya un gesto de insurgencia, sobre todo cuando ese cuerpo ha sido castigado por su raza, su clase, su género o su deseo.

 

Por consiguiente, las corporeidades insurgentes nos enseñan que la historia también se escribe con la piel, que el conocimiento no solo habita en los libros, sino en las danzas, en los partos, en las cicatrices, en las llagas expuestas al sol, en los cantos, en el olfato, en el trenzar, en el levantar las hojas y conocer sobre la herbolaria. Son cuerpos que se niegan a ser moldeados por la obediencia y que, en cambio, recuperan la potencia de lo sensible como forma de sabiduría. Cuerpos que piensan, cuerpos que se acuerpan,cuerpos que gimen, lloran, que gritan, que se emancipan, cuerpos que se atreven a ser.

 

En este marco, se hace pertinente mencionar la violencia contra los cuerpos feminizados entendiendo que los han situado dentro de una jerarquía de poder donde se le asocian atributos como la fragilidad, la emotividad, la pasividad, la docilidad o LA DISPONIBILIDAD que adquiere una dimensión estructural. Como advierte Rita Segato, “el cuerpo de las mujeres es el primer territorio de conquista”. Las pedagogías de la crueldad impuestas desde el sistema patriarcal no solo hieren, sino que educan en la desposesión, en la vergüenza, en el olvido. Sin embargo, también surgen cuerpos que se rebelan desde la memoriadesde el gozo son cuerpos-archivo desde la experiencia individual y colectiva.Es el cuerpo que baila, que gesta, que crea, que se nombra, se convierte en insurrección frente al mandato de silencio y lo hacen siendo esencia.

 

No menos importante, María Galindo nos recuerda que “el cuerpo es nuestra herramienta de lucha más poderosa”. Desde la autogestión, el performance, la escritura y la calle, la activista boliviana reclama un cuerpo que desobedece, que no pide permiso, que se rehace sin manuales. El cuerpo insurgente, entonces, no es solo el que denuncia, sino el que se reinventa desde la ternura, el placer, la ancestralidad y la rabia.

 

Por último, si escribir es un acto de memoria, escribir el cuerpo desde el sur es un acto de justicia poética. Es un gesto que restituye humanidad, que devuelve a la palabra su raíz encarnada, su tacto político. En cada trazo, en cada susurro, en cada danza o escritura situada, los cuerpos del sur siguen diciendo: estamos vivos, estamos presentes, estamos creando.

 

Porque cuando el cuerpo se nombra y se afirma, ya no es solo carne: es palabra que arde, pensamiento que late,escribir es representar los cuerpos que se sacuden, los cuerpos que luchan, los cuerpos dignos de justicia social, escribir es reconfigurar la  política que nace desde la piel y la sangre. 

 

 

Comentarios

  1. Quiero reconocer con profunda admiración el crecimiento, el compromiso y el talento de una mujer extraordinaria, cuya pasión por la escritura y la sanación espiritual no solo inspira sino que transforma.
    Su entrega a las palabras y su amor por la lectura hablan de una fuerza única. A la vez, su amor y dedicación como madre de nuestros dos hijos reflejan una ternura y una fortaleza que sostienen y nutren cada día a esos dos Hombres que te necesitan cada día

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