La soledad elegida: como el acto político de habitarse
Por Mónica Andrea López
En una cultura que impone la
compañía como garantía de éxito emocional, estar sola sigue siendo una
transgresión. No todas las soledades son iguales: hay una que pesa como el
abandono impuesta, dolorosa, marcada por la pérdida y otra que se teje lentamente
desde la elección, la conciencia y la libertad. Mientras la primera responde a
una estructura que excluye, la segunda emerge como un gesto de autonomía.
De hecho, la soledad del abandono
no es vacío: es despojo. Es el resultado de una narrativa patriarcal y colonial
que ha enseñado a las mujeres a existir para otros. Así, cuando ya no se es
madre, esposa, pareja o hija ejemplar, ¿qué queda? La respuesta del sistema es
el silencio. No obstante, en ese silencio puede germinar una pregunta radical:
¿Quién soy yo cuando no soy para los demás?
Desde esta perspectiva, habitar
la soledad se convierte en un acto político. Una mujer sola, que no gira en
torno a la necesidad afectiva ni al mandato de la utilidad emocional, se vuelve
peligrosa para un orden que la prefiere fragmentada. Como bien señala Silvia
Rivera Cusicanqui, “el cuerpo no es una metáfora, es el territorio primero
de la lucha”. En consecuencia, elegir la soledad es también una forma de
resistencia encarnada.
Asimismo, Brené Brown
lo expresa con claridad: “La soledad no es debilidad, es un acto de coraje
emocional”. Afirmar la propia presencia sin esperar validación externa se
convierte entonces en un ejercicio de soberanía sobre el cuerpo, el tiempo y la
narrativa personal. En otras palabras, una mujer que
camina sola, piensa sola y respira sola está descolonizando su
existencia.
Del mismo modo, Clarissa Pinkola
Estés nos recuerda que “quien no ha sentido la soledad, no ha conocido la
libertad”. En este sentido, estar sola es el espacio donde se suspende la
necesidad de agradar, servir o ceder. Por ende, se transforma en el lugar donde
se configuran nuevas identidades no mediadas por el deseo ajeno.
Por tanto, el proceso de estar
sola sin sentirse vacía no es un estado, sino una reconfiguración Una mujer que
se habita sin miedo a sus propios vacíos aprende a sostenerse desde la raíz.
Así, deja de amar desde la necesidad y empieza a vincularse desde la elección.
Del mismo modo, deja de llenar su tiempo para no sentir, y comienza a
escucharse con radical ternura.
Hoy más que nunca, frente a un
mundo que promueve la hiperconexión y la dependencia emocional,
recuperar la soledad como un proceso de reconexión con una misma
constituye un gesto político. Es cuerpo en resistencia, palabra no domesticada,
identidad que se nombra por fuera del guion.
En efecto, habitar la soledad
elegida es desmontar los dispositivos afectivos que el patriarcado ha impuesto
para hacernos sentir insuficientes si no pertenecemos a alguien. En esta
elección, el cuerpo se enraíza en una memoria propia, como territorio andino
que se retira de los discursos del sacrificio, la utilidad o la entrega. No se
trata solo de estar sin otro, sino de estar por y para sí misma, como gesto
profundo de autodeterminación y de amor radical.
Así, la soledad habitada se
convierte en ritual político: en un baño de silencio y escucha, en una rebelión
tierna contra la domesticación emocional. No es huida, es siembra. No es
encierro, es arraigo. No es pérdida, es potencia. Por todo ello, la soledad
elegida no debe entenderse como carencia: es territorio fértil. No es ruptura:
es raíz. No es abandono: es regreso. En ella, la mujer no se fragmenta, se
funda.
Finalmente, aprender a mirar la
soledad como una casa abierta con ventanas que dan al alma y paredes hechas de
tiempo propio puede ser un acto profundamente transformador. Es cierto que no
siempre es cómoda: a veces duele. Sin embargo, también florece. Porque cuando
una aprende a sostenerse, deja de amar desde la necesidad y comienza a amar
desde la libertad.
En última instancia, lo que
emerge es una nueva forma de habitarse: una se reclama como hogar. Como fuego.
Como pausa. Como poema en constante devenir, se habita la herida histórica la
desangra, la desgarra, la invoca, la transgrede, la levanta y la integra para
que encuentre su lugar en la cuerpafemenina que se consolida desde el
cuerpo archivo, la memoria ancestral y la ternura. Así se
descubre que no está sola: está consigo misma, se está cosiendo. Y eso, en
un mundo que nos quiere divididas, ya es una revolución.
Referencias
- Brown,
B. (2012). El poder de la vulnerabilidad: Enseñanzas sobre autenticidad,
conexión y coraje. Sounds True.
- Estés,
C. P. (1992). Mujeres que corren con los lobos: Mitos y cuentos del
arquetipo de la Mujer Salvaje. Ballantine Books.
- Rivera
Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y
discursos descolonizadores. Tinta Limón.


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