El arte de mirar: una pedagogia para volver a nosotros
por: Mónica Andrea lópez
El arte de mirar: una pedagogía para
volver a nosotros
Por: Mónica Andrea López
Vivimos sin mirar, sin observar, sin
sentir. Nos deslizamos por las superficies del mundo como simulacros de
humanidad y hemos fallado como especie, porque nos alejamos de nosotros mismos.
De la sensibilidad que nos hace únicos y auténticos, fieles a nuestros
sentidos. Estamos perdiendo la percepción: la posibilidad de detenernos a
sentir al otro, a lo otro y al cosmos. Nos dejamos enajenar por una época
saturada de pantallas, estímulos y demandas, deviniendo cuerpos tecnológicos
que promueven cada vez más la falta de atención hacia sí mismos.
Byung-Chul Han, en La desaparición de
los rituales (2020), nos invita a pensar en una pedagogía del mirar, una
educación de los sentidos que no busca enseñar a ver más, sino a ver desde
la presencia: con profundidad y atención. “Mirar no es simplemente ver”,
escribe, “mirar es demorarse, es tocar con la atención”. Esa demora casi
sagrada nos devuelve al alma. Y es también un camino para volver al cuerpo a
través de la sensación.
La investigadora y pedagoga colombiana Luz Helena Gallo, en su propuesta de los bloques de sensaciones-emociones, nos recuerda que el cuerpo es un archivo de vivencias y un territorio de memoria. Cada vez que miramos sin atención, algo de nosotros simbólicamente muere, porque nos desconectamos no solo del mundo, sino también de nuestra interioridad sentida, que suaviza la existencia con su acto sagrado de presencia en el mirar.Por eso propongo tres premisas, tres gestos interiores para reaprender a mirar con sentido, con cuerpo, silencio, dedicación y amor.
1. Mirar no es poseer, es acoger
Hemos perdido el don de mirar. Ahora lo
hacemos de manera sistemática para clasificar, evaluar, consumir. Incluso para
permanecer fuera de nosotros, desde un lugar seducido y saturado por
algoritmos, colores, anuncios y consumo.Pero existe otra forma de mirar: una que nos recuerda a nuestros ancestros, una
manera poética de contemplar el clima, la luna, la hora del sol, los tiempos de
cosecha. Es una mirada que no exige, que no corta ni acelera. Que espera y
sostiene. Que lejos de buscar respuestas, invoca la presencia como acto
de ternura: una caricia para el alma. No irrumpe, solo recibe. No controla,
solo deja ser.
En palabras de Han (2020), es una
“demora contemplativa”, una espera amorosa donde el otro sea un ser humano, una
hoja, una herida tiene derecho a revelarse cuando esté listo.
Epicteto ya sabía de esta humildad interior: “No busques que los hechos ocurran
como tú deseas, sino desea que ocurran como ocurren, y vivirás sereno” (2013).
Ese deseo comienza en la mirada: mirar sin domesticar lo mirado. Y, como
advierte Luz Helena Gallo (2015), cuando dejamos de mirar así, se activan
bloqueos afectivos. Se congelan zonas del cuerpo que deberían vibrar, se
adormecen gestos, se desvanece la sensibilidad.Volver a mirar es abrir otra vez el flujo entre emoción, sensación y
conciencia.
2. Contemplar es recordar que el alma
tiene ritmo propio
La contemplación no es ocio vacío, sino comunión
con lo esencial.
En el mundo moderno, el hombre se encuentra fragmentado de sí, despedazado,
padeciendo infartos psíquicos por el afán de las nuevas dinámicas económicas y
la violencia de la velocidad que exige resultados. Contemplar es permitir que
el instante se ensanche. Que el silencio hable. Que lo invisible aflore.
Séneca lo intuía en De la brevedad de la vida (1997): “La vida no es
corta, es que no sabemos vivirla”.
Mirar contemplativamente es vivir desde el alma, no desde el reloj. Es permitir
que lo mínimo nos sostenga: un atardecer que se despide, una voz que tiembla,
una palabra que nos despierta.
Luz Helena Gallo (2015) plantea que el
cuerpo necesita tiempos de pausa para reconectar con sus tramas internas.
Cuando contemplamos, permitimos que se liberen bloques retenidos: emociones
atrapadas, duelos no digeridos, preguntas silenciadas. Mirar también es
sanar: porque en el encuentro con lo otro, si estamos presentes, algo en
nosotros empieza a fluir de nuevo.
Es la comunión de la vida por la vida,
como una representación simbólica de la psique colectiva que se armoniza a sí
misma. Como en Las cuatro estaciones de Vivaldi: cada nota se reconoce
en la otra, se abraza, se sostiene, se detiene y se piensa. Existe desde la
contemplación.
3. La mirada es el primer lenguaje del
amor
Antes de la palabra, está la mirada. Y
en ella ya está todo: presencia, atención, dese de comprender. La mirada
amorosa no quiere cambiar al otro, solo estar con él. Byung-Chul Han
(2010) lo expresa con una ternura filosófica: “La mirada contemplativa es una
forma de habitar el mundo, no de dominarlo”.
Mirar con compasión, sin utilidad, es un
acto político y poético.
Una ética del cuidado. Una apertura a lo sagrado de lo cotidiano.
Mirar con amor es permitir que el otro exista, sin reducirlo a función, sin
exigirle productividad. Es decirle, con los ojos: “te veo y no necesito
cambiarte”. Y esa forma de mirar también es una forma de aliviar la
tensión corporal, de desactivar la defensa.Como propone Gallo (2015): mirar con amor desarma el cuerpo y le permite
recordar su ternura original.
Conclusión
Hemos
perdido la mirada
porque hemos perdido el alma en el tiempo.
Reaprender a mirar es volver a casa,
es volver al mundo desde el asombro
y no desde el cansancio.
Lo
simple se vuelve sagrado.
Porque, al final,
la belleza no está en lo que se mira,
sino en cómo se habita la mirada.
Referencias
- Epicteto.
(2013). Manual. Alianza Editorial.
- Gallo,
L. H. (2015). Memoria emocional y corporalidad. Universidad de
Antioquia.
- Han,
B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Herder.
- Han,
B.-C. (2020). La desaparición de los rituales. Herder.
- Séneca.
(1997). De la brevedad de la vida. Gredos.


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