Estética encarnada: El cuerpo poético como territorio político de escritura
XVIII Congreso Colombiano de Antropología. Antropología para los mundos en transición. Crisis y Creatividad
Año: 2025
Autora: Mónica Andrea López Cifuentes
Mesa: Psicoanálisis y cura: entre el sujeto y el otro Modernidad y Posmodernidad
Ponencia: Estética encarnada: el cuerpo poético como territorio político de escritura
Resumen
Esta ponencia propone una reflexión situada sobre el cuerpo como archivo viviente y espacio estético de producción simbólica, a partir de la intersección entre escritura, trauma y acción política. Desde una perspectiva fenomenológica y feminista decolonial, se recuperan las voces de autoras como Hélène Cixous, Gloria Anzaldúa, Silvia Federeci y Gabriela Salas así como los aportes de Merleau-Ponty, para pensar el cuerpo no sólo como objeto de estudio antropológico, sino como sujeto de enunciación poética y resistencia epistémica. La escritura se presenta como un acto de encarnación crítica y una práctica de reescritura del mundo desde las heridas, fronteras y memorias del cuerpo.
Palabras clave: cuerpo poético, estética encarnada, feminismo, escritura, trauma, reescritura, fenomenología, ternura.
Introducción
En esta ponencia me propongo pensar el cuerpo no como un contenedor pasivo de experiencias, sino como un sujeto poético, político y estético, que narra, inscribe, resiste. Hablo desde una corporalidad situada, atravesada por la experiencia del género, el trauma, la memoria y el lenguaje. Hablo desde un cuerpo que ha sido herido y que ha aprendido a convertir la cicatriz en tinta. El arte, y en particular la escritura, deviene aquí no como ornamento ni ilustración, sino como acto de reescritura radical de la experiencia humana. Una estética encarnada es, en este contexto, una forma de devolverle voz a la carne expropiada, al cuerpo colonizado, domesticado, medicalizado o disciplinado.
1. El cuerpo como territorio de percepción y enunciación
Desde una fenomenología encarnada, Merleau-Ponty nos invita a pensar que el cuerpo no es un objeto en el mundo, sino el modo en que accedemos al mundo, nuestra manera general de tenerlo, sentirlo, construirlo.
“El cuerpo no es lo que poseo, sino lo que soy” (Merleau-Ponty, 1945).
Este planteamiento tiene profundas implicaciones políticas y poéticas: si el cuerpo es mundo, entonces las violencias que se ejercen sobre él —la violencia de género, la violencia colonial, la violencia institucional— son también violencias sobre la posibilidad misma de enunciar el mundo. El cuerpo poético emerge entonces como un acto de restitución del sentido, una reconfiguración sensible del vivir.
2. Herida, frontera y lenguaje: el cuerpo como archivo del trauma
La estética encarnada que propongo parte de una premisa fundamental: toda forma de arte genuino nace de una de una ruptura, de una caída, de una herida que se expone, se revela mediante el dolor y la incomodidad de sí mismo. No una herida silenciada o sublimada, sino una herida que habla, que se enuncia que se nombra.
“La herida abre un espacio... en ella habita el lenguaje fronterizo, la mezcla, la contradicción” (Anzaldúa, 1987). La herida es aquí fuente de epistemología. No se trata de romantizar el dolor, sino de reconocer que la vulnerabilidad, lejos de ser un sustantivo abstracto, de ser erróneamente presentada como debilidad, puede convertirse en una forma de producción simbólica, estética y política. Entendiendo la estética encarnada como un camino de auto exploración que a su vez se teje desde diversas dimensiones culturales, políticas, estéticas, históricas entre otras que reconfiguran la subjetividad del cuerpo poético. Un cuerpo poético que subyace en unas minorías emergentes desde la herida expuesta al sol y las llagas de la memoria hecha carne. Voces pluriculturales que también luchan por encontrar su propia voz, por encontrar un lugar de enunciación en el mundo.
3. Escritura encarnada: poética del cuerpo, política de la palabra
Gabriela Salas insiste en que el cuerpo no se representa: se expresa. No se muestra: se acontece. La escritura, cuando nace del cuerpo, no es discurso decorativo sino gesto encarnado, manifestación directa de lo vivido. “El cuerpo escribe. La piel recuerda. El lenguaje poético es la respiración del trauma.” (Salas, 2020) Escribir desde el cuerpo es acontecimiento íntimo, en relación al otro, a lo otro y al cosmos, es la expresión de la mirada fracturada, caótica, perdida. Es la apropiación de la herida, la contemplación de la misma, es sentarse a la orilla del abismo en donde se escucha el cantar de la mujer esqueleto de Pinkola. Es atreverse a pensar, sentir, olfatear, susurrar, auto desmembrarse, ahogarse, morderse y quebrarse para posteriormente integrar el cuerpo poético desde la soledad simbólica que asesina, pero edifica y transforma el trauma. Así, es como se llega a la vida, al papel para elevar la voz desde un acto salvaje que prepara al cuerpo poético para que se enuncie por sí mismo, después de haber sido parido en las travesías coléricas y escalofriantes de las noches oscuras del alma.
Se convierte como propone Hélène Cixous— en g un acto de desobediencia simbólica, una forma de hacer temblar el lenguaje patriarcal y académico. En su Risa de la Medusa, Cixous afirma: “Escribid con vuestro cuerpo. Escribid con tinta blanca, con leche, con sangre. Devolved al cuerpo su lenguaje” (Cixous, 1975). Esta poética encarnada no busca ajustarse a las formas canónicas del conocimiento, sino reconfigurar las formas mismas de saber, de narrar, de existir.
4. Ternura radical: el arte de observarse y sanarse
En este tránsito por la carne y la palabra, quiero detenerme en una dimensión política silenciada: la ternura como gesto radical de transformación. bell hooks, en su ética del amor como fuerza social revolucionaria, nos recuerda que el cuidado es una práctica política, y que mirarse con ternura es una forma de desobediencia en un mundo que nos enseña a odiarnos, un mundo que propone dinámicas competitivas y producción masiva que engañe los sentidos y solo nos conlleve al mirar sin mirar, (sin detenerse a contemplar) la consigna es: perderse en amores líquidos y sociedades fugaces que se articulan para DEJAR DE AMAR, DEJAR DE SENTIR. AMAR SE CONVIERTE EN UN ACTO REVOLUCIONARIO PARA HUMANIZAR EL CUERPO.
Por tal razón, La estética encarnada implica también el arte de auto observarse con ternura, de reconocer nuestras propias heridas no como destino sino como puerta de entrada a una transformación íntima, profunda y genuina una transformación de la psique colectiva. En esta práctica corporal escribir desde el cuerpo se convierte en un ritual de retorno, una manera de volver a casa, para encender la hoguera, para calentar el corazón con las ollas de arcilla que albergan palabras ancestrales de salvación. “La ternura es una política del alma, un lenguaje para los días en que no alcanzan las palabras” (hooks, 2000). Así, proponemos una estética que no se construye desde la pureza, sino desde la grieta, la contradicción, el balbuceo amoroso de quien intenta narrarse de nuevo y se lanza al precipicio cadavérico de la existencia.
5. La estética como resistencia: cuerpos que reescriben la historia
La propuesta estética que aquí defiendo es, en última instancia, una práctica política. Como advierte Silvia Federici, el cuerpo —y en especial el cuerpo femenino— ha sido históricamente el primer territorio colonizado bajo el capitalismo moderno:
“La caza de brujas fue una guerra contra el cuerpo femenino, una estrategia para disciplinar el deseo, el tiempo y la imaginación” (Federici, 2004).
Desde esta lectura, escribir desde el cuerpo es recuperar la soberanía de la carne. Es descolonizar la palabra. Es devolverle agencia a una memoria que ha sido sistemáticamente suprimida, el cuerpo femenino se invoca así mismo, hay una condición natural que lo hace devenir brujesco, catalizador, desde una red neuronal pélvica heterogénea que lo hace uno con el cosmos, lo sostiene para sostener a los otros desde el sentir, el latido del corazón, los pies descalzos, la respiración, se sostiene el mundo desde el útero que se abraza a la potencia masculina para ser.
Conclusión
Esta ponencia plantea que el cuerpo poético, entendido como sujeto estético y político, puede reescribirse desde experiencia humana. Una estética encarnada permite no solo narrar lo vivido, sino transformarlo. En un mundo que nos fragmenta, normaliza y silencia, escribir desde el cuerpo es un acto de resistencia radical, un gesto de reapropiación simbólica y una vía de transformación sensible.
La estética encarnada que aquí propongo no busca representar al cuerpo, sino habitarlo con palabras, poetizarlo con gesto, y desde ahí, imaginar otras formas de humanidad, de comunidad y de memoria.
Referencias


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