Las mujeres que sienten demasiado
Las mujeres que sienten demasiado
Por Mónica Andrea López
En un mundo que valora la productividad,
la eficacia y la mente racional, asumir el control emocional a través de
intervenciones psiquiátricas y tratamientos farmacológicos se ha vuelto apenas
un número más en las historias clínicas de salud mental de nuestro
país. Porque las mujeres que sentimos demasiado nos volvemos incómodas. No
cabemos. Somos etiquetadas como intensas, inestables, desbordadas, locas,
dramáticas, hipersensibles. El sistema nos exige regularnos, disimular el
temblor, anestesiar la lágrima. En otras palabras: nos pide dejar de sentir
para poder encajar.
Sin embargo, detrás de esa sensibilidad
viva y profunda existe una base neurobiológica que ha sido, durante siglos,
ignorada o malinterpretada. Los avances en neurociencia han demostrado que el
cerebro femenino experimenta una mayor activación de la ínsula, región
encargada de integrar las sensaciones internas y permitir la conciencia
emocional. Esta zona, junto con el sistema límbico —especialmente la
amígdala y el hipocampo—, participa intensamente en la experiencia afectiva. La
ínsula actúa como un radar interno que amplifica el sentir, haciendo que una
caricia, una palabra, un poema, una canción, un gesto o una herida se
experimenten con más intensidad. Como afirma Damasio (2018), “la conciencia de
uno mismo nace del cuerpo, y se nutre de la emoción”.
La sensibilidad femenina posee una
arquitectura mística del sentir. Merleau-Ponty ya lo intuía al afirmar
que el cuerpo es “nuestra primera herramienta para entrar en contacto con el
mundo”. No sentimos con la mente, sino con la piel, el vientre, el útero, la
memoria, el olfato, el gusto. Sentimos con los sentidos, en su máxima expresión.
Existe una sabiduría encarnada en el cuerpo sensible que se escapa del
logocentrismo.
Resulta necesario mencionar que el hemisferio
derecho del cerebro, proverbialmente más desarrollado en las mujeres, se
asocia con la creatividad, la intuición, la percepción holística y la
experiencia emocional. Este hemisferio no responde a coordenadas fijas ni
estructuras lógicas: habita el arte, el silencio, el color, el sueño, la
contemplación, la ternura, el símbolo. No obstante, ese mundo sensible ha sido
históricamente censurado y patologizado. Como advierte Helena Gallo
(2020), “la cultura ha construido un ideal de mujer racional, contenida, casi
masculina, mientras la emocionalidad se asocia con el descontrol, la enfermedad
o el pecado”.
Desde otra orilla, la escritora y
feminista Mariella Sala nos recuerda que lo emocional es político.
Ha denunciado cómo, a las mujeres que escriben desde la emoción, se las tilda
con frecuencia de cursis, melodramáticas o poco objetivas. “¿Por qué se celebra
la racionalidad masculina como profundidad y se ridiculiza la emotividad
femenina como exageración?”, se pregunta. En esa pregunta incómoda, justa,
feroz se cifra el corazón de esta reflexión.
Muchas de nosotras hemos sido
diagnosticadas con ansiedad, depresión, bipolaridad u otros trastornos
psicológicos que no encajan dentro del modelo de la productividad. Lo que pocas
veces se reconoce es que lo que poseemos es un sistema nervioso más poroso, un
alma más permeable al mundo. La medicación ha sido la respuesta cultural y
biopolítica frente a una sensibilidad incomprendida que incomoda. Nos han
llamado locas para no escucharnos. Nos han dicho dramáticas para congelar el
dolor. Nos han señalado como débiles para desconocer el poder de la herida. Nos
han exigido silencio para no confrontar que sentimos lo que otros temen sentir.
Así, nos enfrentamos a un mundo de
etiquetas y estructuras que urge transformar, para poder habitar(se) desde
otras perspectivas: desde lo sensorial, lo místico, lo intuitivo. Desde una episteme
de la piel, desde un lenguaje encarnado que se escribe con el cuerpo. Un
cuerpo que deviene metáfora, imagen, pintura, performance. Un cuerpo que se
inventa en la urbe para ser, para estar, para pertenecer a tribus que abracen
el corazón, el temblor, el llanto y la alegría. Tribus que no teman la ternura
como forma de sabiduría, ni la herida como camino de reconstrucción.
Porque cuando comprendemos que nuestra
voz esa que le canta al mundo la canción del universo nace de los abismos de
la mujer esqueleto, entonces habitamos un acto irreverente de
existencia: concebimos el cuerpo como un cuerpo político, sensible, generoso,
que levanta su bandera de ternura. Porque sí: hay una belleza feroz en la
sensibilidad. Una capacidad de mirar al otro con una compasión que restaura sin
decir palabra.
El mundo se reconstruye también desde el
silencio. Desde la mirada que observa. Desde los gestos mínimos que siembran
esperanza. Desde la maternidad simbólica que humaniza la humanidad. Porque no
hay mayor certeza que abrazar la herida del mundo reconociendo que también es
la propia. Que somos, a la vez, fantasmas, luces, exequias, mares, soles,
cuerpos y voz.
Porque en esa supuesta “exageración”
habita una potencia. Sentir demasiado es, en realidad, vivir intensamente. Es
tener el cuerpo abierto al asombro, al amor, a la belleza… pero también al
dolor del mundo. Es tener un corazón vivo. Porque las mujeres que sentimos
demasiado no estamos locas, solo somos todas las que nos habitan. Y tal vez,
solo tal vez, el futuro necesite más de esta sensibilidad incómoda que de la
racionalidad estéril.
Referencias
- Damasio,
A. (2018). El extraño orden de las cosas: la vida, los sentimientos y
la creación de la cultura. Destino.
- Gallo,
H. (2020). Cartografías del cuerpo femenino. Fondo Editorial PUCP.
- Merleau-Ponty,
M. (1945). Fenomenología de la percepción. Gallimard.
- Sala,
M. (2006). Escritura y cuerpo: ensayos sobre mujeres y literatura.
Fondo Editorial de la Facultad de Letras PUCP.



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