El yo fragmentado: escribir para no desaparecer

 

Por: Mónica Andrea López 


 

“Escribir: un movimiento hacia el afuera que al mismo tiempo me vuelve hacia adentro.”
Hélène Cixous, La risa de la Medusa

 

Además, yo escribo para no desvanecerme. Escribo porque sin el trazo de una palabra me hundo en el silencio de una lengua que no fue hecha para mí, en una gramática que llega con botas de colonizador y con el olor a domesticación. ¿Qué otra cosa queda cuando las raíces del idioma están impregnadas de propiedad y violencia? Entonces tomo la página como una cámara de contención: meto mi respiración, mis días y un revólver hecho de letras que me obliga a existir o a estallar.


Sin embargo, narrarme no es un gesto neutral. Narrarme es disponer mi carne ante el tribunal del lenguaje que me precede. ¿Cómo habitar un discurso patriarcal sin que me devore? ¿Cómo nombrar mis heridas si el nombre que me ofrecen ha sido forjado para encasillar, para callar? Cixous advierte que “las mujeres, al escribir, deben hacer temblar el lenguaje para abrirse” (Cixous, 1975, p. 43). Pero yo no quiero solo quebrarlo: quiero sangrar dentro de ese quiebre, quiero que el lenguaje se convierta en un cuerpo que respira conmigo, que deje de ser el traje ajeno que aprieta el pecho.


Porque también, desde la frontera, la lengua se vuelve híbrida: mi voz es mestiza, rota, y se acopla en la hendija del espanglish, de las cantilenas indígenas y de las frases que no caben en los manuales. Gloria Anzaldúa afirmó que “soy un amasamiento, soy mi rostro y el tuyo, soy la sombra que ambos compartimos” (Anzaldúa, 1987, p. 205). Entonces me pregunto: ¿puede el yo reconciliarse consigo mismo si su lengua es pedazos? ¿O la fragmentación es el lugar más honesto desde el que existir?


Por eso, cuando escribo, no busco una unidad curativa: busco la vibración de las piezas. La fragmentación no me aniquila; me hace polifónica. ¿Acaso no es la multiplicidad la única verdad frente a los monolitos de identidad que nos impusieron? Así, cada trozo de mi voz es una luz pequeña que enciende otra, y la escritura se convierte en la tarea de ensamblar una constelación inestable que me sostenga aunque tiemble.


Asimismo, la escritura es hospitalaria: es un lugar donde los muertos hablan, donde las voces que fueron silenciadas encuentran asiento en mi mesa. Cristina Rivera Garza recuerda que “escribir es siempre un gesto de hospitalidad con el lenguaje de los otros” (Rivera Garza, 2013, p. 77). Y yo añado: escribo para hospedar a mis muertos, para traerlos del lado oscuro del olvido y darles una habitación que palpite. ¿No es acaso esto una forma de reconfigurar el yo, que no se arguye en la solidez, sino en la red de afectos y de ausencia que me constituyen?



Entonces, en la página, me dejo habitar por lo indócil: por las palabras que no obedecen, por las sintaxis que se rebelan, por los silencios que rugen. ¿Cómo hablar de amor sin traicionar su economía de ternura? ¿Cómo nombrar la rabia sin perder la ternura que la acompaña? Clarice Lispector me enseñó que “escribo como quien aprende a morir” (Lispector, 1973, p. 14). Así que cuando escribo, me deslizo por el filo: me deshago y me recompongo en la misma oración.


Además, la escritura es una operación política, íntima y feroz. No es suficiente con que el lenguaje se sacuda: hay que convertir ese temblor en praxis. ¿Qué pasa si decido usar la categoría incorrecta, la puntuación que no promete seguridad? ¿Qué pasa si dejo una línea incompleta para que el lector se desarme? Esto es escribir para desobedecer las arquitecturas que ordenan el mundo: para trazar fugas, para hospedar ambigüedades, para proponer que el yo no es una sola cosa sino un movimiento perpetuo.


Por otra parte, permito que la memoria me gobierne en su desorden. No creo en la memoria como archivo pulcro; más bien, la memoria me devora en fragmentos, en destellos, en cicatrices que nunca se acomodan del todo. Rivera Garza sugiere que “las historias son cuerpos en tránsito” (Rivera Garza, 2013, p. 112). Por consiguiente, mi escritura se parece a un cuerpo que camina: cojea, se para, olvida, recuerda, vuelve a perderse. Y en ese vagar el yo se reconfigura, como quien amarra trozos sueltos de tela para confeccionar un abrigo que nunca estará terminado.


Entonces, ¿quién lee estas páginas? ¿Quién se asusta ante la confesión y quién me devuelve un espejo? Pregunto al lector: ¿qué parte de tu voz fue callada por las mismas leyes que me intentaron silenciar? ¿Qué palabras te nacen como heridas no cicatrizadas? Porque, finalmente, escribir es una conversación con el ausente y con el que escucha: un entramado donde el yo se constituye en la relación, no en la soledad.


Asimismo, me permito la ternura como acto de resistencia. La ternura no es debilidad: es una modalidad política que restaura instantes y nombra con cuidado. ¿Por qué creer que la firmeza y la ternura no caben en el mismo pecho? Lispector recordó que “la escritura intimista puede ser atroz y dulce a la vez” (Lispector, 1973, p. 57). Así, en mi escritura la ternura es una herramienta para sostener la fragmentación: la abrazo como quien sostiene una herida con las manos temblorosas.


Además, me niego a dar por resuelta la pregunta por el sujeto. No busco un yo perfecto; deseo un yo construible, permeable, rizomático. ¿Qué sentiría si mi identidad fuera un jardín en constante poda? ¿Qué luz surge cuando acepto que mis bordes sangran? Anzaldúa sugirió que “la identidad mestiza es resistencia y creatividad” (Anzaldúa, 1987, p. 210). Y yo completaría: escribir desde esa mestiza me vuelve más fina en el oído para escuchar las inflexiones de la propia lengua.


Finalmente, escribo para no desaparecer porque me niego a la desaparición como destino. No me interesa la corrección que domestica, sino la proeza de nombrar en primera persona lo que tiembla. ¿Cómo convencerte de que mis palabras son extensión de tu propio pulso? Te pregunto: ¿no sientes ese nudo, a veces como un contador de rebotes en la garganta? Si lo haces, entonces estas líneas te pertenecen: somos un cuerpo partido que se agrupa en la página para seguir existiendo.

 

Referencias

  • Anzaldúa, G. (1987). Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. Aunt Lute Books.
  • Cixous, H. (1975). La risa de la Medusa. Anthropos.
  • Lispector, C. (1973). Água viva. Nova Fronteira.
  • Rivera Garza, C. (2013). Los muertos indóciles: Necroescrituras y desapropiación. Tusquets Editores.

 

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