Territorio de la herida: cuerpo, memoria y colonialidad
Por: Mónica Andrea López
El cuerpo femenino es una herida
antigua. No sangra siempre, pero late. No grita, pero tiembla con memorias que
no son del todo suyas, aunque habitan en cada pliegue de su piel, cada arruga.
En los senos, las mejillas, los muslos, existe un silencio impuesto. Desde el
gesto más íntimo hasta la forma con la que se mueve por la ciudad —rompiendo el
viento con su voz, su lágrima, su aliento—, el cuerpo de la mujer porta
geografías que no eligió: cicatrices heredadas, soledades deshabitadas, deseos
encendidos sin voluntad, palabras no pronunciadas, mapas trazados desde la
historia y desde la dominación patriarcal.
Como bien indica Silvia Rivera
Cusicanqui (2010), el colonialismo no es únicamente una estructura externa: es
una gramática del mundo que se nos metió dentro. Ha configurado nuestra forma
de ser, de ver, de sentir y de habitar. Por ello, el cuerpo se convierte en un
archivo sospechoso: una superficie sobre la que se han inscrito siglos de
sometimiento. En él conviven la lengua materna y la lengua que silencia, la
piel mestiza que resiste, la mirada que escanea, y el gesto que no se concede
el derecho de existir.
No se trata de una herida visible, sino subterránea y oscura: una memoria colectiva femenina de larga duración, como lo plantea Paul Ricoeur, que el tiempo no borra, porque no es el tiempo quien la mantiene abierta, sino el orden que la perpetua. En ese sentido, Rita Segato (2014) ha explicado con contundencia que la apropiación del cuerpo femenino fue central en el proceso de colonización. El cuerpo se convirtió, entonces, en metáfora de la tierra: llanuras, cordilleras, planicies, ríos, huracanes, volcanes, islas, desiertos… Tierra conquistada, objeto de exposición, superficie de violencia legitimada.
La mirada colonial despojó territorios,
borró la presencia y la libertad femenina, confinó los vientos y las medicinas
ancestrales a un satanismo logocéntrico europeo. Así, el cuerpo fue
transformado en territorio: una cartografía viviente de lo dominado. De ahí
que, en contextos atravesados por el racismo y el patriarcado, el cuerpo
femenino cargue una doble desposesión: la del espacio vital y la del derecho a
narrarse a sí mismo.
Ahora bien, incluso si la herida sigue abierta, expuesta al sol y a las aves de carroña, guarda también un umbral de potencia. En la propuesta de Cusicanqui (2010), emerge la figura simbólica del ch’ixi, representación del mestizaje que no busca la fusión ni la pureza, sino que se manifiesta como la convivencia conflictiva entre formas distintas de ser. El cuerpo femenino, ch’ixi por naturaleza, no es síntesis, sino fricción: un campo de tensiones que se resiste a la taxonomía, que no se deja domesticar.
La grieta que lo bordea y lo recorre no es debilidad, sino una fuerza vibrante que acontece, se emancipa y se dilata. En ella germina la posibilidad de una subjetividad múltiple y compleja. Es una herida que sangra, sí, que en ocasiones se llena de moscas y destila aromas putrefactos; pero, aunque intenten enajenarla, mujeres abanderadas de sueños y libertad se alzan para abrazarla, arrullarla, vigilarla y narrarla con leche y sangre. Porque esa herida no está rendida: aprendió a amar y a ser amada, a existir desde el gesto divino de su propio lenguaje encarnado.
Caminar sobre ese cuerpo es andar sobre
ruinas vivas. Es ingresar, paradójicamente, en crisis existenciales, en
sensibilidades amorfas. En un mundo donde se médica a quien siente demasiado,
donde se regulan los cuerpos con fármacos y se domestica la sensibilidad desde
la institución, la ciudad se convierte en escenario de imposiciones: cómo
caminar, cómo moverse, por dónde cruzar, qué cuerpos pueden participar y cuáles
deben permanecer en los márgenes, ocultos, silenciados, amenazados.
El cuerpo, entonces, se vuelve un
laboratorio de experiencias. Especialmente cuando una mujer, después de tantas
soledades, llantos, miedos, cadenas, decide no solo habitar la herida,
sino habitar con ella. Caminar, para nosotras, puede ser un acto de
deriva. En el sentido situacionista propuesto por Guy Debord (1958), cada paso
es una exploración subjetiva del espacio, lejos del funcionalismo urbano. Hay
allí una reconfiguración psicogeográfica: el cuerpo poético abraza las
emociones y los comportamientos humanos en un proceso de fuga, de perderse, de
deambular, para finalmente encontrarse.
La ciudad se descentraliza y canta, como
la mujer esqueleto de Clarissa Pinkola Estés, un canto que brota del
hueso, del fondo. Caminar se convierte en reescribir; la piel, en una página
que se resiste al olvido. Ese caminar no siempre tiene dirección, pero sí está
lleno de sentido. Es en la deriva donde el cuerpo encuentra sus propios bordes,
donde se gesta una microinsurrección contra la linealidad del tiempo y la
clausura del espacio.
Escribirse se vuelve así una forma de cartografiar
la herida: no para exhibirla ni sublimar el dolor, sino para reconocerla,
identificarla, incluirla como parte de la reconfiguración del yo. Fragmentado,
sí, pero también habitando otras formas de habitarse. Porque si el lenguaje
también fue colonizado —si la lengua materna, el susurro de los ríos, del mar,
de la matriz fueron silenciados por la voz de la invasión—, entonces escribir
el cuerpo es recuperar esa lengua que aún vive en la herida.
Esa lengua tiene fonemas, morfemas y
significantes que avivan flores, olas, montañas, cantos y sangre. No necesita
de la razón para ser legítima. Camina en medio de la ciudad periférica donde se
expanden los sentires fenomenológicos de la existencia. Se lleva la montaña a
la ciudad en cada verso, en cada grito, cuando una mujer se extravía en la
deriva de sus propios registros corpóreos y es sostenida por lo inexplorado.
Porque, como diría Rumi: "la
herida es donde entra la luz", y quizás también donde empieza a nacer
otra voz.
Hoy, mientras muchas mujeres buscan en
la escritura, la pintura o la voz maneras de regresar a sus cuerpos —sin pedir
permiso, sin miedo, sin límites ni condiciones—, se dibujan otras topografías.
No son mapas de papel ni rutas de poder. Son mapas tejidos con piel, con
fragmentos de estrellas, parques, periferias, universidades, murales, lágrimas
de abuelas, pasos descalzos, palabras propias.
Entonces, la cartografía de la herida
no es un registro del daño, sino un camino para el reencuentro. Y tal vez ahí
radica el gesto más radical: no negar la herida, sino hacer de ella un lugar
habitable. No se trata de vivir en el dolor, sino de nombrarlo con ternura,
de vivirlo, y desde allí, comenzar otra vez.
Referencias
- Debord, G. (1958). Informe sobre la construcción de situaciones y sobre la unidad de la práctica de la teoría. París: Internationale Situationniste.
- Estés, C. P. (1992). Mujeres que corren con los lobos: Mitos y cuentos del arquetipo de la mujer salvaje. Barcelona: Kairós.
- Ricoeur, P. (2000). La memoria, la historia, el olvido. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.
- Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixi, una epistemología de la diferencia. La Paz: Editorial Hisbol.
- Rumi. (2004). El libro de los secretos: 101 historias y poemas de amor y sabiduría. Madrid: Sirio.
- Segato, R. (2014). La guerra contra las mujeres. Buenos Aires: Prometeo Libros.




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