Trilogía del cuerpo erótico: el cuerpo que mira








Por: Mónica Andrea López 

Hay una escena fundante en la vida de toda mujer: el momento en el que se descubre mirándose, pero no con sus propios ojos, sino con los ojos que otros han puesto sobre su piel. Antes de saberse cuerpo, la mujer aprende a saberse mirada. Aprende a vigilarse porque la vigilan; a corregirse porque la corrigen; a evaluarse porque la evalúan. Y ese hábito —esa autoobservación deformada, heredada, incrustada— se convierte en un reflejo casi involuntario. John Berger lo formuló fríamente:   “Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres así mismas siendo miradas”


En este sentido, las mujeres deben vigilarse a sí mismas. Son objeto de la mirada masculina, y así también se convierten en espectadoras de su propia imagen.  La mujer se mira, sí, pero lo hace porque fue enseñada a verse desde afuera, porque su cuerpo fue modelado como vitrina, como escenario, como espejo para el deseo de otros.


Esa mirada ajena —adhesiva, invasiva, disciplinaria— se incrusta en la carne como una segunda piel. Y es esa piel la que hoy empezamos a arrancar. Esa es la revolución íntima: la mujer que por fin se permite mirar(se) desde dentro, con un ojo que no juzga, que no calcula, que no mide. Un ojo que no vigila: que habita.


Este texto, parte de mi trilogía del cuerpo erotizado, explora esa transición visceral: del cuerpo visto al cuerpo que ve; de la mirada que oprime a la mirada que despierta. No es un tránsito suave. Es un desgarro. Una ruptura de membranas antiguas. Un acto político sostenido por sangre, memoria y deseo.


I. La primera sala: el espejo que duele


En la primera sala de esta galería interior hay un espejo alto con una grieta que lo atraviesa verticalmente, como una cicatriz. El aire huele a metal tibio, a sudor contenido, a infancia. Frente al espejo está la mujer que fui: rígida, atenta, afilada por la vergüenza. El espejo no muestra un cuerpo: muestra un mecanismo. Una coreografía aprendida. Una criatura que se observa para anticipar el juicio del otro.


Naomi Wolf describió este fenómeno como el mito de la belleza, una cárcel sofisticada donde la vigilancia se vuelve hábito. No necesitamos guardias: llevamos uno dentro. Un ojo intruso que se activa incluso en la oscuridad. Ese ojo interior no es nuestro: es una prótesis cultural alojada en la mente. Es el panóptico del deseo: una torre que gira sobre nuestros senos, nuestras caderas, nuestros muslos, nuestras arrugas, nuestras huellas.


En esta sala, la mirada duele. Duele como duele una luz demasiado fuerte. Como duele la piel recién raspada. Hay algo profundamente visceral en darse cuenta de que nunca te miraste realmente: solo repetiste la mirada de otros, como si tu cuerpo fuese un objeto prestado. Esa conciencia no es teórica. Se siente en el estómago. En la respiración. En la mandíbula que se afloja cuando por fin te reconoces en la impostura.


II. Segunda sala: la grieta que se abre


La segunda sala parece un útero. Las paredes son porosas, cálidas, ásperas en ciertas zonas. La luz es baja, casi líquida. Aquí el cuerpo deja de ser superficie y empieza a ser volumen. Ya no es contorno: es carne. Aquí aparece la pregunta que atraviesa a toda mujer que se despoja de la mirada ajena: ¿cómo se mira una mujer cuando nadie la observa?


Virginia Woolf dijo que necesitamos un cuarto propio. Yo creo que también necesitamos una mirada propia. Una mirada que no nazca del miedo, de la complacencia o del mandato de ser deseables. Una mirada que nazca del adentro, de ese territorio pulsante que Byung-Chul Han llama “lo opaco”: lo que no está hecho para ser exhibido.


La mirada hacia adentro es torpe al principio. Nos obligaron a vivir de espaldas a nuestro propio cuerpo. Tocarlo con pensamiento es una re  significación . Reconocerlo desde dentro es una forma de reinterpretar  el mundo.


Luce Irigaray propone que el “yo” femenino debe construirse desde el encuentro con el propio cuerpo, no desde el reflejo del otro. Esta sala es eso: el inicio de un encuentro. Una grieta que deja entrar aire nuevo. Un espacio donde la mujer se desnuda, no para ser vista, sino para verse.


El cuerpo comienza a sentirse como presencia. Como lugar. Como animal vivo que respira bajo la piel.


III. Tercera sala: el cuarto que arde


Esta sala es un territorio volcánico. El piso rojo parece latir. El ambiente es húmedo. Aquí, el autoerotismo deja de ser un tabú y se vuelve un ritual. No un acto mecánico, sino un modo de mirar(se) con las manos, con el pulso, con la respiración.


La mujer que entra aquí no busca placer por obligación —ese deber de estar “sexual” que la cultura ha impuesto—, sino como exploración. Como retorno. Como cartografía sensible. El autoerotismo aparece como un lenguaje político del cuerpo: una afirmación brutal de autonomía. Una forma de decir: este cuerpo es mío, me pertenece, me respondo a mí misma.


Byung-Chul Han afirma que vivimos una época de transparencia violenta, donde todo debe ser visible, compartido, expuesto. Las mujeres sabemos lo que significa esa violencia: nuestros cuerpos han sido exhibidos durante siglos sin nuestro consentimiento. Mirarse hacia adentro es rebelarse contra esa exposición forzada. Es refugiarse. Pero también, paradójicamente, es encenderse.


El cuerpo aquí arde. Y es un fuego que no destruye: purifica. Es un fuego que nombra el deseo sin pedir permiso. Que recoge cada herida, cada marca, cada vibración, y las convierte en fuerza.


IV. Cuarta sala: el ojo que vuelve


Esta sala es un corredor largo, casi como un intestino. Las paredes muestran cuadros de cuerpos femeninos que no cumplen ninguna norma: senos caídos, vientres abultados, estrías, cicatrices quirúrgicas, piel envejecida, piel fresca, piel negra, piel blanca, piel indígena, piel herida. Cada cuadro tiene ojos. Y esos ojos miran de vuelta.


Laura Mulvey explicó la mirada masculina como un dispositivo cinematográfico que convierte a la mujer en espectáculo. Aquí ese dispositivo se rompe. Aquí el espectáculo se desarma. Aquí es la mujer quien observa.


Los cuadros respiran. Algunos tiemblan. Algunos parecen hablar. La mirada interna de la mujer —esa que ha transitado el dolor, la grieta, el fuego— vuelve ahora hacia afuera. Y lo que ve ya no es neutro: es político. El mundo se desnuda en su brutalidad y en su belleza. La mujer ya no evita mirar: mira con hambre, con juicio propio, con deseo propio. Mira como quien ha recuperado su derecho a ver.


El cuerpo erotizado aquí no es objeto de consumo: es sujeto de percepción. Y ese cambio trastoca todo.


V. Quinta sala: la mujer que observa al mundo


La última sala es una terraza abierta, húmeda de viento. Desde aquí, la mujer ve el horizonte, pero también se siente en la pelvis, en la garganta, en las piernas que la sostienen. Su mirada ya no es un arma contra sí misma: es un   gesto latente que encarna la experiencia del mundo y la posibilidad de habitar(se).  


Naomi Wolf decía que el mito de la belleza limita lo que una mujer puede imaginar de sí. Esta mujer —la que mira desde dentro— ya no imagina su cuerpo como límite, sino como origen. Como raíz de su pensamiento, de su política, de su placer. Aquí la autoobservación se convierte en una forma de resistencia: un modo de reconstruir la subjetividad desde el núcleo más íntimo.


La mujer observa el mundo con otra mirada  que ha pasado por el desgarro y la revelación. Y desde ese mirada  nueva entiende que mirarse es también escribir. Que el cuerpo es un texto orgánico, visceral, húmedo, que se reescribe cada vez que una mujer se atreve a nombrarse desde dentro.


Aquí la mirada deja de ser violencia y se vuelve territorio. Territorio propio. Territorio vivo.







Referencias 

Berger, J. (1972). Ways of seeing. Penguin Books.

Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia (A. Ciria, Trad.). Herder. (Obra original publicada en 2012)

Irigaray, L. (1992). Yo, tú, nosotras (M. Iglesias, Trad.). Cátedra. (Obra original publicada en 1987)

Mulvey, L. (1975). Visual pleasure and narrative cinema. Screen, 16(3), 6–18. https://doi.org/10.1093/screen/16.3.6

Wolf, N. (1991). The beauty myth: How images of beauty are used against women. William Morrow.

Woolf, V. (1929). A room of one’s own. Hogarth Press.


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