Atlas corpóreo de los secretos femeninos




Por:  Mónica Andrea López 



I. El pulso que se desobedece


Lectora, confía un momento:

pon tus dedos en tu muñeca. Siente ese golpe. Ese tambor primitivo.

Ahora dime, sin rodeos:

¿cuántas veces lo has traicionado?

Porque el cuerpo late incluso cuando la mente lo niega.

Late cuando amas, cuando huyes, cuando mientes, cuando te rompes.

Late cuando te traicionas.

Late cuando te regresas a ti.

El estoicismo diría que debemos gobernar el pensamiento.

Pero dime, ¿quién gobierna los pensamientos que nacen del miedo?

bell hooks me enseñó que el amor no es refugio, es trabajo político.

Y en ese trabajo, el pulso no miente.

Tú sí.

… y  yo  también.



II. La piel que incendia


La piel no es frontera:

es fogata.

Arde con lo que tocas.

Arde con lo que callas.

Arde con lo que ya no quieres soportar.

María Helena Gallo hablaba de bloques de sensación: irrupciones.

Eso es la piel.

Un archivo que se abre solo cuando deja de tener miedo.

Lectora, ¿cuándo fue la última vez que dejaste tu piel en paz?

No para cuidarla, no para embellecerla,

sino para dejarla hablar.

La piel grita en sarpullidos, en temblores, en sudor frío.

Grita cuando algo te hiere por dentro y aún no te atreves a nombrarlo.

Grita cuando amaste demasiado.

Grita cuando fuiste usada.

Grita cuando te quedaste por costumbre.

La piel siempre confiesa antes que tú.



III. El oído que escucha lo que duele


La vista es cómoda. Todo lo convierte en distancia.

Por eso no hablaré de ver.

Las mujeres hemos sido vistas demasiadas veces.

Desnudas, exóticas, juzgadas, poseídas, interpretadas.

BASTA.

El oído, en cambio, escucha lo que no dijiste.

Es un órgano indócil.

Un caracol interior lleno de ecos,

ecos que insistimos en silenciar.

Mariela Sala escribe que hay voces internas que nos nombran antes de que podamos defendernos.

¿Y tú, lectora,

qué voz te persigue por las noches?

¿La que te exige?

¿La que te compara?

¿La que te dice que deberías agradecer incluso la migaja?

Este es el sonido que más temo:

el sonido de una mujer justificando su propio dolor.



IV. Las manos como territorio de guerra


Las manos guardan la verdad.

No mienten.

Se tensan cuando vas a traicionarte.

Se abren cuando vas a decir la verdad.

Jalan  cuando vas a perder algo que amas.

Jalan  cuando vas a recuperar algo que perdiste.

¿Alguna vez has observado cómo se te retuercen los dedos

cuando respondes “estoy bien” y ellas saben que es  que es mentira?

Las manos son el músculo de la sinceridad.

Y también del abandono.

Si te atreves, colócalas sobre tu vientre ahora.

Siente el peso.

Ese peso es tu historia exigiendo ser contada.



V. El útero fantasma


Hablaré del útero incluso para quienes no lo tienen, lo perdieron, lo temen o lo odian.

Porque el útero es un estado, no un órgano.

Es un vacío que se expande.

Un vacío que ruge.

Un vacío que recuerda lo que no nació y lo que nació incompleto.

¿Qué versión de ti sigues gestando en secreto?

¿Qué hija interna abandonaste antes de nacer?

¿Qué mujer quisiste ser y dejaste morir para encajar en un molde ajeno?

María Helena Gallo diría que aquí hay un bloque intenso:

la sensación de haber traicionado tu propio origen.

La herida del útero es la herida del poder:

el poder de crear, sí,

pero también el poder de decidir NO crear más dolor.



VI. El diafragma que retiene la rabia


Respira.

No, de verdad: respira.

¿Sientes la presión allí, justo debajo de las costillas?

Esa es la rabia antigua.

La que te enseñaron a callar.

La que convertiste en serenidad.

La misma que Marco Aurelio hubiera querido disciplinar,

pero que bell hooks hubiera querido liberar para construir verdad.

El diafragma es el músculo político del cuerpo.

Se expande cuando dices la verdad.

Se contrae cuando te mientes.

Tú sabes cuándo te estás traicionando.

Tu respiración lo revela todo.



VII. La lengua que rompe el silencio


La lengua no sirve solo para hablar.

Sirve para desobedecer.

Para quemar.

Para abrir.

Para cortar.

Para decir lo que nadie quiere oír.

¿A quién estás protegiendo cuando callas?

¿A quién traicionas cuando hablas?

bell hooks escribió que el amor honesto exige incomodidad.

La lengua es el bisturí de esa incomodidad.

No es casual que el patriarcado siempre haya intentado silenciarnos.

Lo que temen no es nuestra voz,

es la verdad que somos capaces de pronunciar.



VIII. La espalda que carga lo que no dijimos


Tu espalda no duele por mala postura.

Duele por fidelidades equivocadas.

Por lealtades heredadas.

Por secretos que pesaron más que tu propio cuerpo.

Dime:

¿cuánta historia no tuya cargas sobre tus omóplatos?

¿A cuántos muertos sigues soportando?

¿A cuántas versiones viejas de ti sigues dándole casa?

La espalda es una tumba.

Y también puede ser una puerta.

Hoy, si quieres, abre los hombros.

Alza la barbilla.

Hazlo lento.

Estás dejando entrar el mundo.

O estás dejando que el mundo salga de ti.



IX. El latido que exige sangre


El corazón no pide permiso.

Tampoco consuelo.

Se comporta como aquello que realmente es:

un soberano cruel,

un tirano rojo que no admite tregua.

Late con la violencia exacta de lo verdadero.

Late para denunciarte.

Late para exponerte.

Late para arrastrarte —si hace falta— hasta tu propia orilla.

Sade habría dicho que no hay mayor acto de libertad

que escuchar lo que el cuerpo reclama con brutal lucidez.

Ese latido es mandato,

veredicto,

fuego que no se negocia.

Cuando te traicionas,

el corazón se vuelve verdugo

y te golpea desde dentro con un rigor obsceno.

Cuando te rindes a tu verdad,

te abre como una herida luminosa.

Guarda dentro una cripta de historias enterradas vivas:

lo que no dijiste,

lo que fingiste desear,

lo que toleraste para no ser abandonada,

lo que callaste por miedo a tu propia luz.

El corazón lo recuerda todo.

Y en su memoria de carne —fértil, feroz, insurrecta—

te reclama sin dulzura y sin piedad.

Porque hay órganos que aman,

pero este te exige.

Y tú, lectora, escucha esta sentencia final:




X. Epílogo: el retorno al cuerpo indócil


Si sigues leyendo es porque algo dentro de ti se está abriendo.

No lo detengas.

No lo maquilles.

No lo pienses demasiado.

Déjalo arder.

Déjalo nombrarse.

Déjalo romperte un poco.

Déjalo rehacerte sin pedir permiso.

Porque —como dijo bell hooks— el amor es un acto de libertad.

Como dijo Mariela Sala— es un ejercicio corporal, afectivo y político 

Como insinuó María Helena Gallo

El sentir no es algo “previo” al pensamiento, sino un modo de conocimiento, una apertura perceptiva

  • Y como susurró el estoicismo— lo único que realmente poseemos es nuestro interior.

El cuerpo no es metáfora.

Es territorio.

Es lenguaje.

Es arma.

Es altar.

Y hoy, lectora,

te pregunto:

¿qué parte de tu cuerpo está lista para levantarse contra la historia que te impusieron?



Referencias 

Aurelio, M. (s. II). Meditaciones (Varios traductores). (Obra original publicada ca. 180).

Gallo, M. H. (2019). Bloques de sensación y pensamiento encarnado. Editorial Universidad Nacional.

hooks, b. (2000). All about love: New visions. William Morrow.

Sala, M. (2012). Cuerpos que hablan: Escrituras de mujeres en América Latina. Fondo Editorial.


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