La ternura: una forma de regresar


Por: Monica Andrea López 



 

¿A dónde nos lleva la ternura?


La ternura no nos conduce a un ideal abstracto.Nos lleva a un lugar concreto: el cuerpo, la casa, la escuela, el círculo donde la palabra vuelve a tener peso. Regresar no es retroceder; es restituir el lazo que la prisa, la violencia y el cansancio fueron erosionando.


bell hooks escribió que “el amor es una acción, nunca simplemente un sentimiento” (All About Love). Esa afirmación, llevada a la vida cotidiana, desplaza la ternura del terreno de lo íntimo e inofensivo al de la responsabilidad ética. La ternura no es lo que sentimos, sino cómo actuamos cuando el vínculo está en juego. En la casa, eso se traduce en no convertir el agotamiento en grito; en la escuela, en no reducir a una estudiante a su error; en los círculos de mujeres, en sostener la escucha sin prisa ni juicio.


Rita Segato nombra el reverso de esta ética cuando habla de la pedagogía de la crueldad: un aprendizaje social que nos acostumbra a la desafección, a la cosificación de la vida, a la ruptura de los lazos (Contra-pedagogías de la crueldad). La ternura, frente a esa pedagogía, interrumpe. Introduce una pausa que devuelve humanidad a la escena. No niega el conflicto; se rehúsa a usar la crueldad como método.


Regresar por la ternura nos lleva primero al cuerpo. Muchas mujeres han vivido fuera de él para sobrevivir: sosteniendo, cuidando, cumpliendo. En los espacios de acompañamiento, la ternura aparece como permiso: llorar sin explicarse, sentarse, decir “no puedo” sin culpa. Allí el cuerpo vuelve a ser casa. hooks insistió en que el amor —como práctica— crea condiciones de libertad (Teaching to Transgress). En el cuerpo, esa libertad empieza cuando el cuidado deja de ser sacrificio infinito y se vuelve límite consciente.


Nos lleva luego a la casa. No a la casa idealizada, sino a la real: la cocina al final del día, la mesa incompleta, el silencio compartido. La ternura doméstica no es perfección; es elección. Elegir el tono. Elegir la palabra justa. Elegir pedir ayuda. En un mundo que naturaliza la descarga de la violencia sobre lo cercano, la ternura cotidiana es un acto político mínimo y persistente.


La ternura también nos conduce a los círculos de mujeres. Allí donde la palabra circula sin jerarquías, donde el tiempo se desacelera y la experiencia se valida como saber. Segato ha señalado la importancia del vínculo comunitario frente a la fragmentación moderna: cuando el tejido se rompe, la violencia encuentra terreno fértil. Los círculos —con sus rituales sencillos: encender una vela, nombrar el cansancio, escuchar sin interrumpir— restituyen algo que la crueldad erosiona: la confianza. No son refugios románticos; son espacios de recomposición ética.


En esos rituales, la ternura no es adorno. Es método. Se expresa en la ronda que garantiza igualdad, en la palabra que no invade, en el silencio que acompaña. hooks afirmó que “el amor es una práctica de libertad”; en los círculos, esa práctica se aprende haciendo: escuchando, sosteniendo, respetando los tiempos. Allí la ternura nos lleva a comprender que sanar no es lineal y que la coherencia inmediata no es requisito para pertenecer.


Regresar por la ternura nos lleva también a la escuela, y aquí su papel es decisivo. La escuela puede reproducir la pedagogía de la crueldad —clasificando, humillando, expulsando— o puede convertirse en un espacio donde la ética del cuidado sea condición del aprendizaje. hooks escribió que “el aula más radical es aquella donde el amor se convierte en una práctica de libertad” (Teaching to Transgress). Amor, aquí, no es permisividad: es presencia responsable.


En la escuela, la ternura se traduce en gestos concretos: mirar antes de sancionar, preguntar antes de etiquetar, poner límites sin humillar. Es reconocer que el aprendizaje se bloquea cuando el cuerpo está en alerta. Es entender que enseñar no es solo transmitir contenidos, sino sostener humanidad. La ternura no elimina la norma; la humaniza.


Segato nos ayuda a ver por qué esto es político: la violencia no es solo un acto, es un lenguaje que se aprende. Si la escuela normaliza el desprecio, enseña crueldad. Si cuida el vínculo, enseña otra cosa: que la autoridad puede existir sin humillación, que el límite no necesita daño. La ternura, entonces, re-educa.


¿A dónde más nos lleva la ternura? Nos lleva al ritmo propio. Cada mujer regresa distinto: algunas despacio, otras con rabia, otras desde la fatiga. La ternura no apura procesos. Respeta el tiempo del cuerpo y de la palabra. En los acompañamientos, eso significa no imponer relatos de superación, no exigir cierres prematuros. Significa sostener la presencia.


Nos lleva, finalmente, a una ternura más difícil: la ternura hacia una misma. No la autoexigencia luminosa, sino el cuidado oscuro y honesto. Prepararse un café. No insultarse por fallar. Reconocer el límite. Esa práctica íntima impide reproducir hacia adentro la violencia aprendida afuera. Segato ha insistido en que la violencia se perpetúa cuando se naturaliza; la ternura la desnaturaliza empezando por el propio trato.


Regresar por la ternura no es volver al pasado. Es volver con memoria y con límites. Es habitar la casa, la escuela y el círculo sin endurecerse para ser respetadas ni desaparecer para ser amadas. Es elegir una ética del vínculo que sostenga la vida en lo cotidiano.


Tal vez la ternura no transforme las estructuras de inmediato.

Pero cambia el clima de la casa.

El tono del aula.

La calidad del círculo.

Y en esos cambios, pequeños y persistentes, nos devuelve a lo esencial:

la posibilidad de una vida compartida sin violencia.

La ternura no es el final del pensamiento.

Es la forma más honesta de regresar.




Referencias

  • hooks, bell. All About Love: New Visions. William Morrow, 2000.

  • hooks, bell. Teaching to Transgress: Education as the Practice of Freedom. Routledge, 1994.

  • Segato, Rita Laura. Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo, 2018.

  • Segato, Rita Laura. La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños, 2016. 

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