Abrazar en Sociedades Paranoicas
Abrazar en sociedades paranoicas
Fragmentos para una poética del sostenimiento
Libro: poéticas incendiarias
Por: Mónica Andrea López
¿Cuánto tiempo hace que no abrazas a alguien sin mirar el teléfono después?
Piénsalo bien. No hablo del abrazo automático de las reuniones sociales ni de esa coreografía rápida de cuerpos que apenas se rozan antes de volver a la velocidad habitual. Hablo de permanecer. De dejar el cuerpo quieto el tiempo suficiente para sentir el peso emocional del otro respirando cerca. ¿Todavía sabemos hacer eso o también convertimos el afecto en una acción funcional dentro de la agenda del día?
A veces sospecho que la época contemporánea le tiene miedo a la profundidad porque la profundidad detiene. Y detenerse hoy parece peligroso. Hay algo casi obsceno en descansar verdaderamente frente a otro cuerpo. Como si la intimidad hubiese comenzado a percibirse como una amenaza para la productividad. Vivimos agotados y aun así seguimos acelerando. Respondemos mensajes mientras comemos, trabajamos mientras lloramos, escuchamos mientras pensamos qué responder después. El cuerpo contemporáneo ya no sabe habitar completamente ningún lugar.
Ni siquiera a sí mismo.
Miro las ciudades y siento que todos cargan una especie de cansancio nervioso adherido a la piel. La gente camina rápido, duerme mal, sospecha demasiado. Hay una paranoia suave organizando los vínculos cotidianos. Nadie lo dice explícitamente, pero está allí: en la incapacidad de confiar, en la necesidad compulsiva de vigilancia emocional, en el miedo a depender afectivamente de alguien. Queremos amor, pero sin riesgo. Cercanía, pero sin exposición. Compañía, pero sin demasiada presencia.
¿En qué momento el otro comenzó a sentirse como amenaza?
Tal vez la productividad contemporánea no destruyó únicamente el tiempo: destruyó la capacidad de permanencia. Nos enseñó que todo debe circular rápido. Los cuerpos. Las relaciones. El deseo. El duelo. Incluso el dolor necesita volverse eficiente. Llorar demasiado incomoda. Sentir demasiado ralentiza. Escuchar profundamente agota. Entonces aprendimos a anestesiarnos para seguir funcionando.
Y la anestesia contemporánea tiene muchas formas.
La hiperproductividad.
La ironía constante.
El cinismo emocional.
La incapacidad de escuchar sin interrumpir.
La necesidad compulsiva de convertir toda experiencia en contenido.
A veces pienso que ya no sabemos mirar el sufrimiento ajeno sin consumirlo.
En medio de esta devastación perceptiva, Emmanuel Levinas insistía en que el rostro del otro irrumpe como un llamado ético imposible de ignorar. El otro no aparece simplemente frente a nosotros: nos desarma, nos exige, nos obliga a salir de la indiferencia. Pero ¿qué ocurre cuando comenzamos a mirar tantos rostros que ninguno logra afectarnos realmente? ¿Qué pasa cuando la repetición permanente del dolor termina convirtiendo la tragedia humana en paisaje?
Deslizamos el dedo sobre guerras, desapariciones, cuerpos mutilados, mujeres llorando, niños hambrientos. Todo ocurre dentro de la misma pantalla donde minutos después veremos publicidad, recetas o alguien bailando frente a una cámara. La tragedia perdió espesor. El sufrimiento se volvió una imagen más dentro del flujo interminable de información. Y quizá allí exista una de las violencias más silenciosas de nuestra época: la destrucción progresiva de la capacidad de conmoción.
Porque el problema no es solamente la violencia.
El problema es acostumbrarse a ella.
Y entonces ocurre algo aterrador:
dejamos de sentir.
No completamente. Solo lo suficiente para continuar funcionando.
Byung-Chul Han escribe que la sociedad contemporánea produce sujetos exhaustos, incapaces de detenerse incluso frente a sí mismos. Tal vez por eso tantas personas están cansadas incluso cuando descansan. El cuerpo sabe cosas que la productividad intenta ocultar. Sabe que no fuimos hechos para esta velocidad emocional. Sabe que algo se rompe cuando nadie escucha realmente a nadie. Sabe que la hiperconexión no logró disminuir la soledad, solo la volvió más luminosa y más silenciosa.
Hay noches en que pienso que vivimos rodeados de cuerpos huérfanos de afectos.
Cuerpos que aprendieron a performar estabilidad mientras se derrumban silenciosamente en baños de oficinas, dentro de automóviles detenidos o frente a pantallas encendidas a las tres de la mañana. Personas incapaces de pedir ayuda porque el mundo contemporáneo convirtió la vulnerabilidad en un error de administración emocional.
¿Hace cuánto no dices “necesito que alguien se quede conmigo” sin sentir vergüenza?
Quizá allí comienza la tragedia de esta época: en la idea de que necesitar del otro representa debilidad. Nos enseñaron a romantizar la autosuficiencia mientras el tejido afectivo se desmoronaba lentamente. Cada individuo administra su ansiedad en privado, como si el sufrimiento fuese un fracaso personal y no una consecuencia estructural de sociedades profundamente desvinculadas.
Gaston Bachelard escribía que habitamos los espacios a través de la intimidad. Pero ¿qué ocurre cuando incluso la intimidad comienza a fracturarse? ¿Qué clase de refugio puede existir en cuerpos agotados que ya no saben descansar en otro cuerpo? Habitamos apartamentos llenos de pantallas y ciudades llenas de ruido, pero cada vez más incapaces de producir presencia real. La casa permanece en pie. El vínculo no siempre.
Y aun así, algo insiste.
Una mujer abrazando a otra en mitad del colapso.
Alguien preparando café para un cuerpo agotado.
Una conversación lenta sobreviviendo entre notificaciones.
Una mano permaneciendo sobre otra mano unos segundos más de lo habitual.
Tal vez la vida no se sostiene en los grandes discursos sobre humanidad, sino en esos gestos mínimos donde todavía permitimos que otro cuerpo descanse un instante sobre nuestra existencia.
Porque el verdadero agotamiento contemporáneo no proviene únicamente del exceso de trabajo. Proviene también de la imposibilidad de sentirnos acompañados. De esta manera brutal de habitar el mundo como si cada quien tuviera que salvarse completamente solo. Como si pedir ternura fuese una forma de fracaso. Como si la sensibilidad necesitara esconderse para no parecer debilidad.
Y entonces los cuerpos comienzan a endurecerse lentamente.
La voz se acelera.
La escucha desaparece.
Las conversaciones se vuelven superficiales.
El contacto humano empieza a parecer demasiado intenso.
Demasiado largo.
Demasiado íntimo.
Quizá allí comienza realmente la devastación de una época: cuando ya nadie puede descansar emocionalmente en nadie.
Por eso sigo pensando que abrazar en sociedades paranoicas es un acto profundamente político. No por ingenuidad ni por romanticismo, sino porque todavía existen cuerpos que se niegan a convertir la vida en una experiencia completamente fría, funcional y solitaria.
Cuerpos que aún saben permanecer.
Tal vez allí sobreviva algo esencial.
No una salvación grandiosa.
Solo la posibilidad de seguir habitando el mundo sin perder completamente la sensibilidad frente al otro.
Bibliografía
La poética del espacio. (2016). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.
La sociedad del cansancio. (2017). La sociedad del cansancio. Herder Editorial.
Totalidad e infinito. (2002). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad. Ediciones Sígueme.



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